Ilusiones

Ya está, llegue a un punto que no aguanto más y necesito volcarlo acá a ver si de esta manera se aplaca como todos los demás problemas que desahogo en el blog.

Hace bastante tiempo, y con ‘bastante’ me refiero a agosto del año pasado, conocí a un chico por Instagram. Aunque según él antes habíamos hablado un par de veces y yo “arrugué” porque estaba de novio (con el chico de “Enseñanzas”), yo considero que nos conocimos la primera vez que vine a su casa.

Te agrego una pizca de contexto antes…

Había pasado mi cumpleaños, a mediados de julio, cuando se terminó la relacion tóxica que venía manteniendo y yo entraba en la fase de duelo que me duro 6 días exactos, sí. Como de costumbre, siempre después de una decepción amorosa tiendo a volver a mi casa original para cambiar un tiempo de aire. La primera semana de agosto estaba ya en el campo, recordando todo lo que me había hecho irme y vivir en Rosario. Al fin y al cabo, un viaje de vuelta a mi casa tiene por objetivo principal ese, volver al departamento en Rosario. Como pasan los años y en Entre Ríos sigue todo igual, siempre encuentro lo que vuelvo a buscar: motivos para irme.

Después de 7 horas de viaje, un despreocupado estado mental y una ininterrumpida siesta nocturna de colectivo, llegué. Una de las primeras cosas que hice, muy mili pili, fue grabar en mis Stories a los diferentes bichos que hay en casa, entre esos a Lorenzo, un papagayo que después de 12 años descubrimos que es hembra, pero sigue llamándose Lorenzo. Resulta, que el pibe en cuestión (vamos a llamarlo Pepe, como sus padres) tenia una mascota igual, así que respondió mi foto insinuando que él tenía un compañero para el bicho de mamá en Rosario, etc. Lo típico que se diría ¿no? La cosa es que eso derivó en una conversación que se extendió a todo el día, después para WhatsApp y así, exponencialmente en aumento, tanto en extensión como en interés, hasta que un día decidimos hacer una videollamada y estuvimos hablando desde las ocho de la tarde hasta las cinco de la mañana. Estábamos ya casi dormidos y cada uno con el teléfono a un lado, luces apagadas y pantalla en negro, pero acompañados, en cierta forma, por el otro.

Las dos semanas que había planeado estar en mi casa se transformaron en una sola. La razón principal fue la insistente actitud de mi vieja para que conozca una mina, algo que entre ella y yo está más que hablado, aunque ella insista en no convencerse de la realidad. Como razón secundaria, quería conocer en persona a Pepe.

Terminó la primera semana en casa y yo estaba convencido de volverme el domingo inmediato. Coincidió que hablé con mis tíos y ellos viajaban el sábado, un día antes del que yo planeaba subirme al bondi. Lógicamente me vine con ellos. Fue una suerte de carpooling, pero gratis. Llegué al cubito, y si bien no recuerdo el día exacto, sé que conocí a Pepe bastante inmediato a mi llegada.

Llegó aquel día. Se hizo de noche, me tomé un bondi y llegué hasta una puerta negra de hierro alta, de esas antiguas, que daba paso a un pasillo muy largo a cielo abierto, con paredes viejas y descascaradas, dos escalones de esos que uno no está acostumbrado a pisar porque miden diferente a los normales y siempre te tropezás y muy al final, una suerte de balcón terraza desde donde al parecer me vio Pepe. Le avisé que ya estaba afuera, me respondió “Ya te vi”. “¿¡COMO!? ¡BRUJERIA!”, pensé yo, antes de ver ese balconcito. La puerta negra estaba abierta, no sabía si era apropiado entrar directamente, pero ante la duda me mandé. Él venía hacía a mi y como el pasillo era largo se dio uno de esos momentos raros en donde no sabés qué cara poner, ¿viste? Porque ir serio es re choto, pero sonreír es perturbador, estábamos todavía a 20 metros ¿y yo iba a poner cara de feliz cumpleaños? No. Nos saludamos, él me dio un beso en el cachete, no de esos que se tiran al aire, sino uno bien dado en mi cachete derecho, y lo primero que le dije fue “Ah, sos bajito en serio”, afirmando lo que había sido un tema falto de confirmación en nuestras conversaciones la semana anterior desde que me dijo que era enano y yo no le creía. Porque en sus fotos no lo parecía. Al final resultó que sí, y me gustó más. Ojo, no enano circense, bajito nomás.

Entramos a su casa, nos sentamos a la mesa y nos pusimos a tomar mates y a charlar. Todo fluía, como nunca me pasa con un chabón. En un momento se levantó, fue hasta la TV para cambiar la música, cuando volvió a la mesa se sentó en mi falda y nos pusimos a chapar.

Pasó ese momento de chape + ternura y decidimos que era tiempo de cocinar. El menú ya estaba charlado previamente, yo había caído hasta con la minipimer en una bolsa, ingredientes, etc.

Cenamos y seguimos con la otra parte del plan, ver Big Hero 6. Ambos ya la conocíamos, pero a él le gustaba mucho y a mí no me molestaba verla de nuevo. No me acuerdo mucho más de esa noche. Sé que garchamos bastante y a su vez tuvimos muchos de esos momentos en donde te quedas recargado o abrazado al otro. Cosa que me encanta hacer cuando tengo química con alguien. Al día siguiente nos levantamos bastante tarde, almorzamos las sobras de la noche anterior y nos quedamos haciendo fiaca todo el día, algo re cliché de una pareja primeriza ¿no? Me quedé hasta entrada la noche de ese día y decidí irme porque Perla (mi gata) seguramente tendría hambre. Me acompañó hasta la parada del bondi, era de madrugada y no había nadie en la calle, cuando apareció el que tenía que tomar, me despidió con un pico y se fue. Más tarde me contó que fue la primera vez que besaba a un chabón en la calle, lo que me pareció raro, ya la vez no entendí lo trascendental del hecho considerando que NO había nadie en la calle. Podríamos afirmar que había sido un buen encuentro. Ningún momento o silencio incómodo se dio y se habían concretado bien todos los planes. Le podría aplicar el eslogan que uso siempre que me toca hacer un sitio web a una inmobiliaria “De principio a fin, un buen negocio” Eso pintaba en aquel entonces.

En uno de esos momentos de mimos en la cama, charlando, me contó que en realidad era bisexual. Me llamó la atención porque para mi la bisexualidad suele ser una careta que los heteros miedosos usan para salir discretamente del closet y no abrir las puertas de par en par como hacemos los demás. Sé que la bisexualidad existe, pero uno siente cuando alguien simplemente la usa, no la vive. Y en Pepe, yo sentí que la estaba usando de excusa solamente. Además, su familia no sabía (aún hoy no sabe) que el se maneja así por la vida. Por ahí podés pensar ¿y que le importa a la familia lo que hace? Esta bien, desde ese punto de vista no les interesa, pero tenerlos a todos creyendo que algún día vas a caer con una novia a tu casa para navidad, darle nietos a tus viejos como tus hermanos, o algo así tan vieja escuela, no está bueno. Mucho menos sano es si te pones de novio con un chabón, que lo tengas oculto y ante la familia tenga que see un “amigo”, “vecino” o un “compañero de facultad” … No hace bien a nivel emocional, te lo digo por experiencia.

La segunda vez que nos vimos, o tercera, no recuerdo bien, le hice un regalo, chiquito, pero un buen detalle con bastante significado para mí. Conseguí por internet una figura de Baymax coleccionable Takara Tomy (el robot de Big Hero 6), la envolví y se la di. Si no me equivoco, todavía la exhibe sobre su alacena, frente a un reloj, bastante a la vista. Una buena señal, por su forma de apreciación de las cosas, el que no lo haya tirado al fondo de un cajón. Ponele que haya sido medio apresurado hacer un regalo de ese tipo a la segunda o tercera vez de vernos, pero yo soy así de atento cuando me gusta mucho un chabón y ocultarlo no es una opción, ni estoy en posición de esconder lo que siento. Bastante huevón ya estoy como para reprimirme.

Pepe tenía conocimiento de que yo había salido de una relación hace nada y él sentía cierto recelo por mi ex. Continuamente decía que había sido un pelotudo por no saber valorar lo que tenía (a mí) y muchas cosas más por el estilo. Por supuesto que esa clase de comentarios no hacían más que ponerme contento de haber yo conocido al fin a alguien que podía apreciarme desde el principio. Me tenía encantado. Más aún después de haberla pasado mal durante ocho meses con un pibe, conocer ahora a alguien que parecía amable y considerado era lo mejor. Además, desde el primer día me dejó en claro que si yo pretendía una relación con él, que espere sentado. La verdad, tres semanas atrás había estado en una relación y no tenía intenciones de entrar en otra enseguida. Este “formato” de amigos que garchan era suficiente para mí, e incluso lo iba a tomar como un experimento personal, a ver cómo toleraba yo una relación de ese tipo con alguien como él.

Todos los que me conocen saben que siempre que conozco a alguien, le presto exclusividad. Es decir, solo estaba con Pepe, porque uno por más que hable, ponga términos y condiciones y políticas de uso, nunca sabés para donde va a ir la cosa, y le soy leal hasta a la verdulera, como digo siempre. Además, soy completamente incapaz de sentirme bien anímicamente si ando de gato, porque me termino sintiendo como un pedazo de carne. Por tal motivo nunca me sirvieron las apps como Tinder, Grindr, etc…


El segundo encuentro, él iba a cocinarme a mí. La primera vez había sido al revés. Y le pregunté qué postre quería que le traiga. Me pidió que le haga algo que nunca haya hecho antes. Acepté y el día de la cena le llevé con un Bavarois de frutillas. Acá podes verlo por si no sabés lo que es, y si, ese es el original de esta historia.

Nos veíamos dos o tres veces por semana. Yo iba a su casa, o él caía al cubito. La primera vez que conoció a Perla se quedaron dormidos juntos en la cama mientras yo trabajaba. Saqué una foto que todavía tengo y me parece enternecedora.

Esa vez que Pepe fue a casa y durmió de un día para el otro, coincidió con un show del Cirque du Soleil para el cual yo tenía una entrada. Si no hubiera existido un motivo tal, creo que nos habríamos quedado juntos hasta el día siguiente. Esa noche salimos los dos a pie, y en el punto en el que yo iba hacia un lado y el para otro, nos despedimos con un beso otra vez, y ese me sorprendió más que el primero, porque basándome en lo que me había contado del anterior, era la gran cosa, esta vez sí había gente en la calle.

Me acuerdo de un detalle que tuvo conmigo una de las veces que estuve en su casa; salió, volvió con cerveza, me sirvió y sacó un paquete de rueditas, esas que son similares a los chisitos, pero de color naranja y con forma de pizzitas. El sabía que me gustaban, porque lo habíamos charlado una vez, pero no pensé que se podría acordar de tal insignificancia. Yo sabía que a él le gustan los lemon pies y la torta tres leches, le hice un lemon pie una vez, y varias Pavlovas como esta, o la primera que hice yo, esta, que fue también la primera que probó él en su vida, según me dijo.

Las cosas entre los dos avanzaron relativamente estables. Pasaron unos meses y llegó el momento en el que yo tenía que mudarme porque mi contrato en el cubito se terminaba. Pepe, conociendo la situación, me comentó nuevamente (ya me lo había sugerido en agosto) que el departamento de al lado de su casa se desocupaba. Un poco reacio a la idea, y ya habiendo visto cinco otros cubitos para ese entonces, le dije que lo iba a tener en consideración solamente si lo veía esa semana, pero el lugar estaba en remodelación. Él habló con la inmobiliaria para que Delia, la corredora, me lo muestre antes de terminarlo. Fui un jueves, lo vi, de paso conocí a la madre de Pepe, porque me recibió ella y me entretuvo hasta que llegó Delia. El lugar estaba destruido, no sé qué clase de inquilino había sido el anterior, pero a pesar de todo, era mucho más amplio que cualquier cubito que tenga visto. De todas formas, empecé los tramites de reserva para un cubito que estaba cerca de donde yo ya vivía. Se dio, por razones de la vida, que no pude reservarlo y debido a la facilidad (por las recomendaciones de Pepe) con la que podrían aceptarme las garantías en este, donde estoy ahora, lo preferí, reservé y ahora te estoy contando esto desde un departamento, ya no un cubito, incluso con patio, para Perla.

Acá fue cuando las cosas sucedidas entre los dos dejaron en claro toda la relatividad de la palabra “estable”.

En la mudanza me ayudó Pepe, conoció a mi mamá y a mi tía, ya que ellas manejaron la camioneta cargada con mis cosas durante los cuatro viajes que hicimos. Se cayeron bien mutuamente, lo que me sorprendió porque él no hablaba nada, pero extrañamente, después del tercer viaje, en el que yo tuve que ir afuera en la caja sosteniendo un mueble, mi vieja y mi tía lo alabaron. Sigo sin saber qué conversaron en ese último viaje los tres, pero interesante tuvo que haber sido porque se pasaron 8 cuadras de donde tenían que haber estacionado, todo por conversar, mientras yo me exhibía cual reina de la sandía entre los peatones y demás vehículos…

Después de haber descargado todo, me entretuve organizando cosas y armando mis muebles. Al departamento le faltaba una alacena superior en la cocina, por lo que le compré una. Detalle fundamental el tener espacio en la cocina, porque un tercio de mi vida me lo paso cocinando. Pinté una pared que mostraba moho, agregué varios espejos, unos cuadros, compré unos muebles más y lo acondicioné muchísimo en apenas dos meses. Esta vez resultó más fácil porque ya tenía muchas cosas con las que anteriormente equipé el cubito, la inversión en este nuevo lugar casi ni se sintió.

Las primeras dos semanas estuve sin gas hasta que lo habilitaran, así que me duchaba en la casa de Pepe, que estaba a una escalera de distancia, lo cual resulta lógico ya que somos amigos/vecinos y cocinaba en el horno eléctrico. Contrario a lo que pensé que iba a pasar: que la “relacion” que teníamos se iba a saturar y deteriorar por ser casi compañeros de casa, fue al revés. Varias veces a la semana el bajaba con cerveza y pasábamos un rato todas las tardes conversando, comía en casa, etc. Me gustaba pasar tiempo con él de esa manera, me parecía reconfortante contar con compañía así estando recién mudado, compañía de alguien con quien podía garchar, jugar con plastilina o tomar birra en el patio sin ningún problema.

Él esporádicamente me daba algunas veces milanesas congeladas que el preparaba, albóndigas, canastitas, etc. Eran lindos detalles, casi como su respuesta a mis postres.

Eran fines de noviembre, yo ya estaba instalado y Pepe tenía que rendir un final, el último antes de irse a su ciudad durante toda la época de fiestas. A lo largo de esa semana él estuvo muy distante, me mantuve lo más al margen que pude, para no distraerlo, porque sé la concentración que requiere preparar una materia. Él rindió, salió mal y le dije que venga un rato a despejarse a casa. Era jueves, miramos una película, él estaba recostado en mi hombro, la noche era fresca y él se había tapado con el acolchado, pero yo no, y se le escapó “yo tapado o destapado te quiero igual”. Uno sabe cuándo el sentimiento es genuino, porque un “te quiero” o un “te amo” salen de improvisto, es imposible tanto planearlo como frenarlo, y a él le pasó. Yo hacía rato que le tenía cariño, pero no quería espantarlo diciéndole “¿Sabes qué? Te quiero”, sobre todo conociendo lo rayado que és y que estaba claro desde un principio que entre nosotros una relación no era la meta. Eso me lo grabé a fuego, y aun sabiendo que no íbamos a formalizar algo, igual me dejé enganchar, al fin y al cabo, soy un pendejo y esta es la época para acostumbrarme a que pasen estas cosas y aprender a lidiarlas. Él lo disimuló haciéndose el boludo, pero yo no lo pasé por alto. Todavía lo tengo en cuenta lo suficiente como para necesitar escribirlo acá, imagináte.

Después de eso, lógicamente lo que menos iba a pensar era que el pibe me iba a empezar a dejar de lado de golpe. Va, ni de golpe, porque lo está haciendo paulatino, lo cual es peor.

Llegó la época de las fiestas. Decidí quedarme en Rosario en lugar de viajar a mi casa. Pepe se fue a su ciudad. Viajó al otro día de esa noche en que me dijo “te quiero”. Me dejó la llave para que le cuide las plantas y desapareció por un mes y dos semanas. En lo que esos días transcurrían, diferente a otras veces que también había viajado a su casa, no charlamos tanto por WhatsApp, cosa que me parecía raro. Se sentía como si me esquivara, un histeriquéo.

Pasaron esas semanas, algo lluviosas, por lo que a veces me ahorraba de subir a regar y llegó el domingo anterior al de su vuelta. Limpié todo lo que pude su casa, para que no tenga que molestarse en hacerlo al llegar, dejé todo regado, ventilado e impoluto y bajé. Un dato de color, que me llamó la atención, es que antes de irse el hizo una limpieza “profunda” de su casa, por eso esa noche bajó, cenó y durmió conmigo, para no ensuciar su cocina o desarmar su cama y poder irse tranquilo al otro día. Cuando le limpié el dpto, la cocina estaba sucia, o sea que no había nada que “cuidar” de ensuciar esa noche…

Al día siguiente, lunes, volvió. Un día en el que yo estaba en una reunión, en la empresa, cayó a su casa, por lo que no pude estar para recibirlo y darle su llave. Cuando volví yo a la mía, vi que estaba todo abierto y sonaba música. Le escribo para confirmar si estaba acá y sí, era él que había regresado. Supuestamente había entrado con la llave de la madre, porque vino a Rosario con ella en auto. Bajó, y al rato lo acompañé al supermercado a comprar sus cosas. Desde ese momento, todo empezó a ir para atrás.

A medida que pasaba el tiempo, Pepe se fue poniendo cada vez más distante. A comportarse como un auténtico pelotudo, honestamente.

Como ahora estamos en época de finales, y este chabón está a tres materias de recibirse, lo que menos quiero es molestarlo, así que para evitar hacerle perder tiempo, cada vez que yo consideraba que él podía tener un rato de recreo le escribía para coger, directamente y sin vueltas. Convengamos que ya nos conocemos hace 7 meses, no es necesario suavizar una propuesta de ese tipo con “la birra”, “el mate” o “ver una película”. Si bien yo estaba más carente de afecto que de ponerla, conociendo lo loquito que puede ser él, prefería proponerle algo que lo tentara. Vaya a saber si el también tenía ganas de cucharear un rato mientras le acariciaba el pelo. Para evitar un ‘no’ forro, iba a lo “más seguro”: garchar. Lo que él hacía con esos mensajes era ignorarlos, sí. Estamos literalmente a 4 metros el uno del otro, es más, si le grito a su ventana podría tranquilamente responderme y no, me clavaba el visto. Eso me empezó a molestar, así que como haría cualquier otra persona, traté de hacer la mía, “total si el chabón se raya, es problema de él, no mío” pensaba. No me salió, ¿Por qué? Porque resulta que ya estoy enganchado sentimentalmente. En todo el tiempo anterior que pasó, los meses antes de mudarme y el período antes de las fiestas durante el cuál Pepe fue re atento y venía todo el tiempo a casa con una birra en la mano, fue suficiente para que traspasara la fascinación y la transformara en cariño. Cariño que llegué a sentir que era correspondido por su “te quiero” espontaneo.

¿Cómo llegué a tener que volcarlo acá, el lugar en donde desahogo mis peores nudos emocionales? Porque se convirtió en uno enorme ayer. Te cuento… Era una tarde calurosa como cualquier otra, me dolía la cabeza y estaba harto de trabajar (que es lo único que estoy haciendo últimamente) así que decidí descargar Tinder. Estuve cuarenta minutos deslizando perfiles hacia la izquierda, me quedé sin opciones, borré mi perfil y desinstalé la app sin ningún éxito. Bajé Grindr, me hice un perfil, y me puse a mirar lo que tenía cerca. Naturalmente en lo que estaba ahí, me escribió un chabón (muy feo) y le respondí de buena onda, al fin y al cabo, no iba a durar mucho más navegando en la app. Llegué abajo, y no encontré nada interesante, entonces decidí aplicar una técnica que me enseñaron para poder ver más perfiles sin pagar: bloquear a los que no te gustan y así Grindr te renueva las opciones. Empecé de arriba hacia abajo, con los perfiles sin foto hasta que abro uno en donde reconocí una baranda, una mesa y a Pepe. No lo pude creer. Automáticamente me bajó una angustia al estómago insoportable, cosa irracional teniendo en cuenta que “no somos nada”, pero yo sentimientos tengo. Eliminé el perfil, desinstalé la aplicación y le escribí a un amigo. “¿Si veo a Pepe en Grindr y me hace sentir mal, estoy enganchado?” – “Si” – me responde. Le envié el video, en donde uso Grindr por exactamente cuatro minutos hasta que veo a Pepe y elimino la app. Cuatro minutos, innecesarios y para agobiarme. Si, grabé todo porque el plan era después mostrarle a una amiga, reírnos y que entienda la razón por la que no uso esas apps. Creo que ahora le va a quedar más que claro el motivo…

Harto de las clavadas de visto del chabón y más molesto aún por el hecho de que un drama tan millennial me afecte, ayer le escribí para charlar y aclarar lo que sea que le esté pasando (esto previo a verlo en Grindr). Me respondió que lo íbamos hablar “pero no ahora”. Me enojó. Es exactamente lo que me hizo mi ex. – Cortante, seco, le escribo a modo ultimátum que charlemos para entender QUE CARAJOS LE PASA y me dice “lo vamos a hablar, pero el lunes” (era viernes) –. Pepe repitió la historia, me cargó de malestar, yo paso mal, me angustio por esta estupidez, no me puedo concentrar en mis estudios, y teniendo en cuenta que rindo en cuatro días un final bastante importante, es demasiado significativo que haga todo esto ahora, y lo más irónico es que le haya sacado el cuero a mi ex por lo nefasto que fue conmigo, y él está siendo exactamente igual y lo peor, de la misma forma.

No entiendo como alguien puede llegar a ser tan afable, atento y cariñoso con alguien, endulzarle los oídos de tal manera y después descartarlo de una forma tan inescrupulosa. Es distantemente similar a la forma de ser de un psicópata social. Un amigo me dice “no es psicópata, no sabe lo que quiere” y tiene razón.

Irónicamente y para que no sea desparejo, yo también estoy haciendo mi parte. Le dejo postres y panes en la puerta y le aviso que los busque, así no tiene que verme (si es lo que le molesta. Mi modo de demostrarle que al menos por mi parte está todo bien y que no entiendo por qué sus actitudes tan histéricas… Cinco detalles en su puerta, un gracias, y exactamente así: “Gracias”, sin más. Encima estoy pendiente de que me avise para tener esa “charla”.

Así que acá me tenés. Sufriendo otra vez por un pibe al que no le importo. Jugó con mis emociones y volví a caer. Si bien ahora fui menos permisivo que la vez anterior que me pasó en cuanto a que me caguen, me cagó igual y a su manera. No tengo forma de escribir la mezcla de sentimientos desagradables que vengo experimentando por causa de la presión en el laburo que tengo y las horas contadas antes del examen. Factores para la ecuación del horror.

Malito el día en que decidí mudarme al lado de él. Y esto recién empieza. Van a ser dos años extremadamente largos y un cúmulo interesante de experiencias para la vida de un estudiante.

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