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Hola, ¿Cómo va? Bastante perdido anduve, no sé si meses habrán pasado desde la última entrada, es probable, pero lo que sí pasó fueron muchas cosas hasta el día de hoy, y un disparador que me volvió a motivar a escribir.

Sabía desde un principio que no iba a mantener este blog actualizado todo el tiempo. Lo inicié como un juego, y como pasa con cualquier cosa, después te olvidas. Es como sacar la basura, regar las plantas, etc…

Veré si puedo, en breves bolazos, comentarte lo que fue de mí todo este tiempo. Acabo de leer la última entrada y veo que es de Julio ‘17, me fui a la mierda, perdón.

Para empezar, sí subí más niveles de vida, ¿te acordás que lo último que te enteraste fue que ahora tenía lavarropas? Bueno, está todavía y funciona (porque no hay que regarlo, como a la albahaca).

Sigo sorprendiéndome de que pueda lavar lo que sea, girando una ruedita y apretando solo un botón, es mágico. Voy a tener treinta años y me va a seguir llamando la atención ese aparato.

A lo que iba, no me quedé ahí nomás, logré al final comprarme la cama ¿podés creer? Yo sí, porque duermo a treinta centímetros del piso ahora y la primera vez fo, no sabés lo que fue. Te ubico como fue todo el proceso: La compré por internet (obvio, para no tener que hablar con personas reales en un local) a una mueblería, la pagué y esperé a que la envíen. El día que llegó, estaba presto a pintarla para que haga juego con el ropero (porque soy re planeador y ya había comprado la pintura antes que el mueble), así que rápido ubiqué las partes y empecé a armarla, atornillé las patas a la parrilla (la base, sería) y cuando voy a unir la cabecera, ¡Oh sorpresa! No coincidían los agujeros. No sabés que desconcierto y bronca me agarró. O sea, una semana la esperé, desde el click en “comprar” hasta que llegó, para que me la envíen mal. Me re saqué, así que llamé a la mueblería y les dije que me habían mandado una cama retrasada, que me la cambien porque no la quiero. Me atendió un chico que sonaba muy fémina, me cayó bien, era atento, me quedé tranquilo y coordinamos que en dos días venían a traerme una cama de bien y llevarse ese mueble engendro deforme. Mi drama, no fue tanto por el error de fábrica o la falta de control de la mueblería, sino por el hecho de que, las patas y la cabecera entraban en el ascensor, pero la parrilla no. Tenés que saber que es una cama de dos plazas, y vivo en el piso número diez. Sacá tus conclusiones.

Pasaron los dos días acordados con el chico fémina. Se hacía la hora en la que vendrían a buscar este artilugio infradotado, así que agarré la parrilla y emprendí viaje hacia abajo por las escaleras. Realmente era muy pesada, así que el esfuerzo me enojaba el doble por la negligencia de la mueblería y por el mero cansancio (no, no contaba como ejercicio). Supuestamente era un negocio serio, tienen una reputación zarpada en la ciudad, pero se re fueron de mambo.

Cuando llegué al primer piso, la dejé en el descanso de la escalera, no la puse en el hall y subí a esperar escuchar el timbre. Las horas pasaban, y el flete no llegaba. Pensé “¿Otra vez me van a tomar el pelo? ¿Nadie trabaja acá? Concha” Agarré el celular y llamé, me dijeron “Mira, disculpá, pero el flete tuvo unos inconvenientes, ¿No tenes drama si te la llevan mañana?” “No, ni un problema, mañana está bien” respondí. (Si, respondí con sarcasmo, pero por teléfono no se nota) Logicamente no subí la parrilla otra vez al cubito, la dejé allá abajo, si le pasa algo no es mi responsabilidad. Bueno, sí, pero enserio, subirla en vano para el día siguiente volver a bajarla y que posiblemente me dejen plantado de nuevo, no era una opción.

Dormí tranquilo ya sabiendo que no me la iban a traer al día siguiente. Amanecí, se hizo la hora, no llegaba, y me impacienté. Pasó el lapso en el que me la deberían haber traído y ya estaba por prender fuego la cama mala y tirarla a la calle. Me embronqué tanto, que me vestí (como vivo solo, suelo andar sin ropa) y fui a la casa central de la mueblería a quejarme en persona cual vieja histérica. Llegué, y con mi mejor (mentira, el peor) humor le dije a la pelotuda de atención al cliente “Mirá, mi cama no llega, me mandaron una con todos los agujeros mal, y hace días me vienen vacilando con el envío, el cambio y la mar en coche, llamo y me cortan (mirándola fijamente, porque la del teléfono que me cortaba era ella, la reconocí por la voz) ¿qué corno pasa?” La mina, ni corta ni perezosa, aunque un toque cohibida, porque al parecer la mujer de al lado era una superiora y la fundió con una cara de ojete cuando dije que cuando llamaba me cortaban, me responde “El flete está saliendo ahora, disculpá las molestias, ayer hubo un inconveniente con el camión, bla, bla, bla…” “Bueno” le respondí. Y me fui. (Si, solo “bueno”. Hay que ahorrar palabras con los tontos).

Una vez en la calle, pensé “Ahora estos van a llegar a casa y yo voy a estar todavía de camino”. Casi, llegué, pasó una hora y media y llegaron. Al final me trajeron una cama diferente (para bien), se llevaron la cama down y me dispuse a emprender mi éxodo de diez pisos por escaleras por tercera vez. Ni bien llegué arriba, la armé, le puse el colchón encima, hice la cama y no podía creer. Por un lado me sentía demasiado alto, de haber dormido en el piso a estar tan elevado era otra categoría, y por otro se sentía muy satisfactorio, pues, otro logro, un mueble más mío, un cubito más completo. :D

Esa noche dormí tranquilo, al amanecer la pinte, y para la tarde ya estaba seca así que la enseñanza de toda esa paparruchada fue “No confíes nunca en los fletes, son más truchos que los anticonceptivos del gobierno” Además de la cama también en lo que paso de tiempo rendí un final, y aprobé con diez. Fui y soy muy feliz por eso.

Para seguir completando el cubito mi hermana me trajo plantas, mamá unas más después, y para sorpresa tuya y mía, las seis siguen vivas. Solo que a una, bueno, te cuento lo que le pasó: casualmente es una planta verde y roja, y me dijo mi hermana que tiene la tendencia a perder el color si no le da el sol lo suficiente durante el día. Como ese es el caso en mi cubito, esta planta perdió un poco el rojo, y no tuve mejor idea que pintarla de rojo con colorante de comida. Es que pensé “Es colorante que se come, no puede ser tóxico, tipo no es tempera” pero, ¿Sabés que pasó después? Si, se achicharró toda… y ¿cómo reaccioné? Entré en pánico y la regué con café y lave las hojas con un cepillito suave y agua. Y creer o reventar: resucitó y sigue viva. La planta Lázaro, para mí es hembra, pero se llama Lázaro. (Lázaro es ese personaje de la biblia a quien Jesús resucita tres días después de que murió, por las dudas) Así que en retrospectiva, de esa planta estoy aprendiendo que no importa cuántos pelotudos te ponga la vida enfrente, ignorálos y seguí adelante. Ella lo hace conmigo y le va bárbaro.

Como viste, no solo perdí el hilo de lo que era el blog, sino la capacidad de la literatura narrativa. Estoy seguro que al leer esto antes de publicarlo, va a parecer un espejo roto: cumple la finalidad, pero no como debería. Ya voy a agarrarle la mano de nuevo, eso espero, es cuestión de hacer como mi planta roja, ignorar, sonreír (la planta no sonríe) y seguir, en eso consiste la vida de un estudiante.

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