Historias

Aviso: si leíste la entrada anterior y pensás que esta es la historia sobre Fede, te equivocás. Prosigo.

Hoy, como diría mi vieja “cayó la gotita que rebalsó el vaso”. El pibe número 250 me escribió por Instagram tratando de chamuyarme a costa de una de mis historias sobre postres… ¡¿Qué mierda le pasó al arte del chamuyo?!

Te meto un poco de contexto:

Desde peque tuve interés por la cocina y por lo general siempre ha sido una afición más experimental que sexual, aunque hoy chupar una pija con mermelada u otras cosas también se disfruta. Ahora uso aceites y geles con sabor, pero involucrar comida es como los jeans, no pasa de moda. Me desvié, vuelvo.

Todo empezó cuando era pendejo y salía a buscar hojas, flores y lo que sea para meter en una lata vacía de duraznos en almíbar, agregarle agua y hervirla en una hornalla “para ver qué pasa”. Lo típico de la niñez digamos, es lindo probar cosas, límites, o a ver cómo te quedan los calzones de tu vieja, etc. En el caso de la cocina, el resultado siempre era un olor asqueroso en todos los ambientes y mamá puteándome porque ensuciaba, lógicamente, pero yo me divertía, qué más daba. De más grande ese juego pasó a ser una necesidad porque en casa, o no se cocinaba, o todo era asquerosamente feo. Si yo no preparaba algo comestible, podría tranquilamente haberme sentado a esperar la inanición. Aunque en ese entonces ya era un gordito Berocca, así que la silla hubiera tenido que ser cómoda y la espera habría sido un tanto larga… Muchos tarritos de solución hedionda verde volcados después, varias rasuradas de bolas más tarde y dominando un poco la cocina a base de prueba y error, me fui a vivir solo.

Como siempre fui bastante creativo y medio alquimista del azúcar, me fui comprando un montón de elementos de repostería y mezclando cosas a ojo para ver qué conseguía. Jamás hice un curso a pesar de las insistencias de alguna vieja suelta diciendo “¿Por qué no estudias eso que se te da bien?” Porque la profesión mata la afición señora. Convertir mi hobby en mi trabajo sería como poner una canción que te gusta de tono de alarma.

Me volqué por la pastelería porque la versatilidad de sabores, los colores y las formas son infinitas. Después de notar que me salían cosas lindas de ver, empecé a publicar todos mis diabéticos logros en mis historias de Instagram. Paso el tiempo (un mes) y como todo, se convirtió en una herramienta de chamuyo/levante. En mi caso me respondían las historias de comida para disparar una conversación y derivar en algo más. Fastidioso.

He de decir que soy generoso con la comida (siempre lo he sido), me encanta cocinar para los demás, regalar postres e incluso hay días en que estoy de extremo buen humor (tres veces al año) cocino y ofrezco la torta al primer desconocido que veo en Instagram por puro gusto. Pero ese altruismo, como todo, tiene marcados límites. Siempre me ha resultado fácil acercarme a la gente por el estómago porque todo el mundo come y si bien cada cual tiene sus gustos, si sabes cocinar podés preparar lo que sea y caer bien. Es lo primero que salta a la vista de mi en internet. Igual de fácil también resulta toparse con interesados que solo quieren un lemon pie gratis…

Como te decía al principio, hoy que no estaba de humor (obvio, estoy escribiendo para el blog) y pasó de nuevo; algunos pibes intentaron iniciar un chamuyo a costa de mis historias sobre un pionono de pistachos que hice ayer. Me gustaría poder insertar acá el emoji del hombrecito que se pega en la cara en inaguantable desaprobación… Sinceramente, jamás estuve con alguien que me haya empezado a hablar basándose en mi comida. ¿Por qué? Porque me parece muy idiota el decir “A ver cuando me invitás a probar eso”, “Mmm… que rico se ve”, “Mandáme un poco”, entre otras. Jamás te invitaría a nada. Seguro estarás pensando “Sos un agrandado pibe, capaz el chabón te lo dice en buena onda nomás”. Sé cuando es con buena onda y cuando es CON onda.

Admito que soy superficial, muy superficial. Sé que si conocieras a mis ex dirías “Jaja, superficial, si claro”, pero que conste que en esos casos hubo sentimientos involucrados, con el primero al menos, con el segundo te doy la razón. En fin, todo el mundo mira primero lo de afuera, aunque lo nieguen por escrupulosos, hasta los feos se fijan en los lindos, incluso sabiendo que están fuera de su alcance. Instagram le ha dado a esta gente la chance de poder decirme lo que sea pensando que yo voy a ser sumamente cordial y responder con elocuencia por tener carita de bueno en las fotos. No, eso no pasa.

Después de años de recibir siempre los mismos mensajes sobre las historias de comida que publico, generé un patrón de respuesta automática para despachar sin perder tiempo a los que intentan levantarme de esa manera. Al principio usaba Instagram para entretenimiento, después remplazó a Tinder, Grindr, Hppn, Scruff, Romeo, Hornet, Badoo en mi teléfono y hoy, como todo el mundo, la uso para levantar chabones, y eventualmente para entretenimiento, que es más o menos lo mismo. Instagram es más sencilla que todas las que te mencioné, tenés todas las fotos de los pibes disponibles, vez el grupo de amigos de paso por si hay alguno más lindo y te conviene arrancar por ese en vez de quemarte primero con el más feo y gracias a las historias iniciar una conversación es re fácil, pero hay pibes y pibes. En mi caso, la probabilidad de que alguien me diga “¿Lo hiciste vos? Se ve muy rico, felicitaciones”, desencadene en una conversación interesante y yo le pase mi WhatsApp, es nula.

Hagamos un pequeño y rápido análisis. Soy argentino y estudiante. Como cualquier argentino sabe, el país está hecho un caos en cuanto a precios y eso para un estudiante se traduce en arroz con huevo y mayonesa todos los días con alguna esporádica birra suelta por ahí. Ahora bien, no es mi situación claramente porque ayer hice un arrollado de pistachos, quedó claro, pero considerá algo. Un chabón que tiene treinta años, vive solo también, tiene un laburo estable con sueldo fijo y pasa su tiempo libre tratando de levantarse al pendejito que cocina diciéndole “A ver cuándo me invitás a probar eso”. ¿Cuántas chance crees que tiene de que eso pase? Te doy una pista: empieza con N y termina en “inguna”.

A este punto podés llegar a pensar “Este pendejo se está contradiciendo, cinco párrafos atrás decía que regalaba comida y cuando le piden en buena onda le molesta”. La realidad es otra. Fijáte que cualquier postre lleva siempre lo mismo como base, huevo, leche, azúcar, manteca y harina, todo lo que hoy sale carísimo. ¿Por qué pensás que una modesta porción de torta sale $180 en una cafetería promedio? El pendejo lo sabe. Un chamuyo realmente coherente sería invitarme vos a algún lado, no autoinvitarse a mi casa y pedirme que yo anfitrione todo el catering, ¿en qué cabeza cabe semejante aprovechada? Por más generoso que tienda a ser, es un no.

Poquísimas veces me pasó que alguien cocine para mí. Muchos casos se me dieron, incluso con amigos que me dicen “Me da cosa porque siento que no te va a gustar lo que yo cocino por las cosas ricas que hacés vos” y la verdad es lo de menos. Es más, recientemente me estuve juntando con un pibe a ver una serie y el chabón hizo dos veces seguidas milanesas de soja con puré o ensalada, porque como soy vegetariano no se le ocurría nada más. Lo que valoré fue la intención y la invitación, no el “A ver cuando me invitás a probar esa torta”. No se hace así. Este chico entendió todo. Igual que el único pibe (si, el único) que alguna vez me regaló algo dulce, mi primer ex. Él sabía que me vuelven loco los merengues con dulce de leche y siempre que podía me regalaba alguno, cosa que me encantaba, Pensando en eso me doy cuenta que es hermoso que tengan esa clase de detalle con uno y entiendo un poco a los que esperan postres de regalo, una cagada que el 90% del tiempo sea yo el que agasaja y no el que disfruta de una atención así.

Hoy, en pleno 2019 y con Instagram facilitando el decirnos cualquier cosa sin medir consecuencias ni tener vergüenza, no entiendo por qué hay chabones que siguen intentando conseguir un garche arrancando con ese mal chamuyo sobre las historias de comida. El proceso es corto, si querés garchar, escribís directamente diciéndolo y ya está, somos hombres, putos y directos, no hay vueltas justificadas a menos que por ahí esté flotando algún sentimiento. En el caso de los desconocidos no hay sentimientos, así que no se justifica. Y por el lado en el que el interés es más que solo sexual, hay otras formas. Es muy raro que alguien me escriba queriendo conocerme, y al día de hoy (si no he interpretado mal) no se me dio ningún caso de esos por Instagram, pero estoy seguro, y espero, que si pasa no sea con un “Mandáme un poco para acá” porque NO SE PUEDE ENVIAR ALIMENTOS PERECEDEROS POR ENCOMIENDA y no me voy a cansar de responder eso a ese mensaje aunque suene seco y forro porque es la realidad la re puta madre que te parió.

Ya está, la catarsis de hoy fue cortita, necesitaba comentarte lo harto que me tiene el público banal de Instagram. Vos pensás “Y si te molesta no publiqués y ya está”. No es una opción. Tengo tanta libertad de poner fotos de comida como libertad tiene el idiota que reacciona como te conté. Jode y en ciertos casos rechazo el mensaje, pero por ese altruismo que traspasa la cocina la mayoría de las veces respondo o hasta por mero compromiso. Será amabilidad, que se yo. Muy en el fondo entiendo esa desesperación por la comida gratis, a todo el mundo le gusta, pero no es una actitud para tener con alguien que lleva la vida de un estudiante.

Likes

Comments