Gordo

Corría el año 2001-2002, yo con 6 años y delgado vivía normal como cualquier otro pendejo de mi edad en ese entonces. Existía Encarta, internet y todas las cosas de hoy, pero en versión beta, obviamente. Las computadoras eran como minibares en tamaño y los celulares literalmente ladrillos, es más, se llamaban “ladrillos”. Parece al pedo dar estos datos, pero fijáte que ya pasaron más de quince años y capaz vos estás leyendo esto y tenías apenas dos meses de edad.

Fue muy romántica mi infancia. Siempre fui uno más del montón y del montón pobre, encima. En casa el primer celular fue de mi vieja, un Nokia 1100 en el 2007 ¡y lo había comprado en cuotas! No hubo una computadora hasta mis 11 años y para ese momento ni la necesitaba porque me quedaba internado en la escuela y ahí había PC, pero con bloqueo para el porno, lamentablemente. Conocí Facebook y msn con un poquito más de delay que los demás como estarás suponiendo.

De muy peque desarrollé cierta aversión por los pibes de mi generación, como me estaban criando tan diferente; mientras mis vecinos tenían un karting todo zarpado, yo jugaba a treparme a los árboles para podarlos y ganar 10 centavos por rama cortada (ese era el incentivo), llegó un punto en el que los otros pendejos del barrio me parecían mimados, inútiles y boludos. Ellos estaban teniendo una niñez normal, y yo creía que también.

Desde siempre la premisa en casa fue “el que no estudia o trabaja, no come” y se aplicaba a rajatabla, todos los días. Si uno no había ayudado en alguna tarea, atendido los animales o estado para cuando se lo necesitaba, comía con vergüenza en la mesa por estar siendo un “aprovechador oportunista”, o así al menos nos hacía sentir mamá. Se vivía con una constante culpa de no merecer un lugar en la mesa, o en la familia. Con el tiempo las cosas se empezaron a poner más raras.

Soy del campo, en pocas palabras, y lo fundamental criando hijos ahí es “Si no están gorditos, no son saludables”, yo era delgado y rubio (bello por naturaleza). En el barrio, todas las viejas gordas en pollera le decían “Ay, pero qué flaquito tu nene” a mi vieja. Ella, después de un tiempo se convenció de eso, y luego de consultarlo con mi abuela, quien estaba desde temprano harta de darle consejos sobre crianza sabiendo que de todos modos mi mamá no los iba a acatar como debía, decidió empezar a darme vitaminas. Esa pastilla grande y naranja que se tira en un vaso y empieza a hacer *bsh bshh bshhh* y se convierte en jugo de naranja. Un peligrosísimo jugo de naranja que empezó a engordarme. Yo lo tomaba gustoso, me encantaba. En esa época era uno de los pocos logros farmacéuticos para niños que no tenía sabor a mierda radioactiva y era rosa. A veces hasta era yo quien le recordaba a mi vieja que me lo dé o pedía dos pastillas por día. Siempre ambicioso, e iluso.

Pasaron unos meses y me empecé a ver más saludable o, en otras palabras, estaba convirtiéndome en una bola de grasa de 1.2m. Nadie notaba que esa solución al supuesto problema de mi languidez en realidad estaba siendo el inicio de un horrible mambo que acarreo hasta hoy.

Después de que mi vieja y todas de mujeres con pollera del pueblo dijeran “Ahora sí” al verme rechoncho, el resto de la gente también empezó a decir “Ahora sí”, pero con otras intenciones en mente. Y con “gente” me refiero a los pibes mayores de la escuela.

Todos sabemos qué le pasa a un gordito en la escuela, pero si no se te ocurre porque sos de estos actuales sensibles que se ofenden porque les piden prestada una birome que representa con su forma el falo opresor del sistema patriarcal, te cuento un poco: a los gorditos se los dejaba en ridículo siempre que se podía, ¿por qué? No sé, era entretenido ponerle el ánimo por el piso a un nene y reírte después. Repetirlo todos los días y sentirte superior vos por eso. Nunca entenderé la lógica de ser así.

Mientras todo esto pasaba, estaba cursando el primer grado en la primaria. Yo iba a una escuela rural, mi vieja era la directora. Incluso a pesar de que mi abuela siempre les dijo a mi tía y a mi mamá “No lleven a sus hijos a sus escuelas”. (Siempre tan atenta mi vieja a los consejos de su madre…) A pesar de ese detalle, no, nunca tuve los privilegios de ser “el hijo de…”, al contrario. También iba mi hermana, tres años mayor que yo quien sí tenía la actitud de “Soy la hija de la directora”. Era la lideresa de los pibes grandes. Por naturaleza nos llevábamos mal siendo hermanos, imagináte, sumále a eso que era mayor, favorita de mi vieja en casa y en todos lados, tenía una pandilla (la de la escuela) y yo era gordito por tomar Berocca. Combinación nada favorable para mí. Yamila siempre que pudo me molestó, salvo cuando toda buenita se me acercaba diciendo dulcemente “Tátin” seguido de algún pedido para que le haga un favor. Solo cuando me necesitaba me trataba bien y yo siempre respondía “Si, si” y hacía caso como todo hermano menor. Porque bueno y boludo se es de nacimiento y no hay cura.

Para ir a la escuela mi vieja tenía una moto. Cuando llegó el punto en el que solo entraban dos, uno de nosotros tenía que ir en bici. Alternábamos un día uno, un día el otro. Casualmente me tocaba a mí más veces que a mi hermana y siempre existía un motivo que justificaba esa situación. Mi vieja lo avalaba si salía de mi hermana o lo desestimaba si venía de mí.

En la escuela todos los grados estábamos en la misma aula, y la única maestra era mi vieja. Les daba clases a todos a la vez. Mientras estaba con los de primero, el resto hacía tareas o copiaba del pizarrón y así los mantenía a todos haciendo algo. Solo una profesora extra había, la de plástica, que venía una vez a la semana y era el día de gloria, porque la rigidez, el silencio y la mirada forra de mi vieja desaparecían. Patricia la de plástica era siempre cariñosa y no hacía diferencias con ninguno. Yo amaba ese día de la semana, lo esperaba con ansias y me desilusionaba tremendamente cuando ella no podía ir. Ni siquiera tenía en cuenta el recreo. Algunos salían afuera mientras el engrudo y el diario se secaban alrededor del globo que después sería una careta, pero yo me quedaba haciendo otro globo de ser necesario con tal de pasar más tiempo con ella.

En días normales de clases, la historia era otra. En esa eterna hora de recreo las opciones eran; el patio, donde se podía hacer bastante ya que estábamos en el medio del campo, ver videos en la videocasetera (siempre los mismos, porque no había presupuesto escolar, igual que ahora) o jugar con palillos chinos, juegos de mesa, etc. que estaban en el armario y para lo que eran necesarios mínimo dos personas. Yo era el gordito, acordáte, con quien nadie se juntaba, así que mi entretenimiento si no había películas, era quedarme en el aula haciendo tarea o leyendo. Solía ir a la cocina a hablar u ofrecerle ayuda a Teresa, la cocinera, pero ¡oh sorpresa!, mi vieja siempre estaba charlando con ella (lógico) y le molestaba cada vez que llegaba yo echándome al grito de “Sali de acá, pollerudo, andá a jugar con el resto de los gurises como corresponde”.

Las cosas así andaban tan mal, que cuando pasé a segundo grado, me cambió a otra escuela rural, la “Carlos Villamil” en El Redomón, un pueblo mucho más mediocre que el mío y a 25km. Tenía que ir solo y en colectivo.

El primer día tuve miedo, por supuesto. Me acompañó mi vieja hasta la parada del colectivo, el resto ya no. Supuestamente, ella había acordado con Vanina, una chica que viajaba ida y vuelta en mis horarios y cuidaba a una nena en una casa a 100m de la escuela que me vigilara, por las dudas. (Ese amor de madre, envidiable.) Subí al colectivo, con mi mochila de Dragon Ball Zeta y mis rollos y me senté al lado de una señora con un guardapolvo azul de volados a cuadrillé bordó y blanco en las mangas. Era ancianita, amable, siempre miraba con ternura y atenta a cada palabra que le dijeran. Ella atendía y respondía sin menos dedicación. Era Ofelia, la cocinera de la escuela a la que estaba yendo yo por primera vez. Ese contacto marcó el inicio de una amistad muy estimada por mí. Desde esa vez siempre le guardaba un asiento en el colectivo y ella se entretenía con quien sabe qué cosa podría haberle estado diciendo yo en ese momento.

En la nueva escuela había muchas aulas, muchísimos chicos y varios maestros distintos. Todo nuevo para mí y raro. Muy diferente a lo que había sido mi escuela el año anterior.

Me senté al lado de una chica rubia, Brenda, que desde el año anterior era compañera de Anahí. Los tres fuimos amigos por el resto del año. Mi maestro, Gerardo, no demoró en marcarme como el nene 10, debido a que, como de costumbre en los recreos (ahora dos de 15min y no uno de 1h), solía quedarme en el aula dibujando y pocas veces salía a dar vueltas por ahí. Evitaba salir porque acá eran más crueles con los gorditos y encima eran muchos más que en la otra escuela. No solo era “Harry Potter” el apodo por usar lentes, sino “Garrafín” o “Garrafa con patas” por lo gordo. Muy gracioso, si, pero no para mí.

A pesar de todo terminé adaptándome, como era de esperarse y segundo grado pasó sin mucho más suceso.

Llegó tercer grado. Era un año muy lluvioso y el colectivo que iba hasta la escuela desde mi pueblo no podía pasar por los caminos de tierra. Pasaron meses de hacer tareas en casa traída por mi vieja desde su propia escuela para que no esté sin aprender, hasta que la empresa anunció que no iba a hacer más el recorrido hasta El Redomón. Era agosto, yo debería estar en clases y no podía ni iba a poder más. Esta vez sino por la lluvia, porque no tenía como llegar a la escuela directamente. En un intento por ser piadosa y buena, mi vieja me “aceptó” otra vez en la suya, terminé tercer grado y el resto de la primaria ahí.

Cuando tenía nueve o diez años, tratando de hacerme bajar de paso, mamá me inscribió en “ALCO” o “Gordos anónimos”, hablando en criollo. Ese tratamiento consistía en comer seis veces al día para que el cuerpo esté metabolizando todo el tiempo algo y de esa forma “quemar grasa”. No funcionaba, por supuesto, así no es como se manejan las cosas, fisiológicamente hablando. Dejé de ir ahí y seguí siendo la bolita de grasa de siempre.

Para cuando empecé la secundaria, era un corcho de 1.55m, regordete, con lentes, granos y peinado con gomina y una raya al costado y un jopo enorme que era mi orgullo.

El primer día fui a esperar el colectivo, esta vez uno escolar que me llevó a mi y a otros 50-60 chicos a “La Agro Calderón” como la conocían todos. Estaba a 54km del pueblo, así que a pie o en bici medio difícil llegar. Cuando llegamos y bajamos todos, tuve el primer contacto con otro pibe, un rubio narigón y con un corte pelela que me habló. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma división: 1ro “B” y decidimos sentarnos juntos. Así inició una especie de amistad que después derivó en hechos bastante determinantes en mi vida. Otra historia, otra entrada…

El primer día todo bien, los profesores llegaban, se presentaban, daban su clase. Unos más que otros captaban algo y después estaba yo, mitad alumno mitad turista, “por primera vez en una escuela real” pensaba, “acá tienen ingles y educación física”, cosas que jamás había visto en la primaria.

Terminó la jornada, todos agarraron sus cosas y se fueron, incluido Fede, el rubio con quien me senté que no era residente (como nos llamábamos los que nos quedábamos en la escuela). Fui al comedor, la comida era un asco. Acostumbrado estaba yo a lo casero de Tere en la primaria, esta vez todo tenía el mismo gusto a muerte. Acá el arroz era como una caca blanca de bebé almidonada, la lechuga parecía una baba verde similar a los mocos de Shrek, y la gelatina del postre era agua teñida, porque no tenía sabor ni consistencia. Una bazofia en todo sentido. Después del comedor todos, nuevos y veteranos, fuimos a la entrada de la residencia, donde Aldo, el preceptor con el culo más parado que vi en mi vida, nos fue asignando las habitaciones. En la mía éramos 4; Brandon, Juanchi, Vizca y yo.

Me instalé en una de las cuchetas y mientras pensaba “¿Qué mierda voy a hacer todo el día acá si no estoy en clases?” me puse a estudiar.

Pasaban las horas y se hizo el momento de bajar la bandera, todos formados y en silencio. Terminó la ceremonia y los más antiguos se preparaban para correr, ¿por qué? había que bañarse y el agua caliente era limitada. Los pendejos nuevos no sabíamos eso, obvio. Seguimos al resto, agarramos nuestras cosas (toalla, shampoo, jabón) y fuimos a las duchas. El horror. Era un conjunto de regaderas dispuestas en una C, todas juntas sin divisiones donde se bañaban de a 11 por vez y A LA VEZ. Ahí fue cuando el complejo saltó. Si, el de gordito Berocca. Solo por esa vez, nadie jodió a nadie porque todos estábamos en la misma. Era una situación re vergonzosa, la mayoría en calzoncillo salvo por los dos o tres boludos en bolas porque no sabían que el baño era en ropa interior. Esa vez fue un alivio, pero al otro día sí, ya estaban los del ciclo superior siendo primeros, después el resto y el gordito al final, a bañarse con agua fría con tal de que no se le burlen de los rollos. Así pasó un mes.

Mi rutina diaria era despertarme, desayunar esa leche aguada de mierda que daban en el comedor, con tostadas de pan viejo untadas con el dulce de leche quemado que a los chicos de polimodal se les había quemado en la clase de Industria. Después izar la bandera, entrar al aula, tener clases, a veces la maldita Ed. Física; una hora reloj corriendo y una hora más viendo como el resto se lanzaba la pelota de handball o vóley mientras yo evitaba tener que entrar al juego para que no se burlen de mis reflejos de mierda. Tenía la agilidad de una babosa, así de rápido era. La velocidad con la que un caracol esconde los ojos cuando los tocás superaba diez veces mi capacidad de respuesta cuando alguien (por error) me lanzaba la pelota. Era malísimo (ahora ya no tanto). Después de clases todos se iban, yo me ponía a estudiar, me saltaba la merienda que consistía en la misma mierda que el desayuno, bajábamos la bandera, nos duchábamos, hora de estudio (momento en el que yo estaba al pedo porque estudiaba todas las horas anteriores) y después dormir.

Nunca me acostumbré a las burlas por mi peso tanto en las duchas, como cambiándome en la pieza o atajando en el arco (la posición de los inútiles en la cancha). Poco tiempo pasó hasta que encontré en el kiosko mi refugio. Compraba el lunes al llegar 5 paquetes de galletitas, alfajores, turrones, hamlets, caramelos y chupetines. Y esos se convertían en mis remplazos a la comida asquerosa del comedor. Solo la cena podía disfrutar, porque los cocineros a la noche cambiaban y la mayoría de las veces Julio y Marcos me dejaban ayudarlos en la cocina, así que confiaba en ellos además de ver lo que se ponía en esas enormes ollas.

Seguí con mi rutina escolar y tres meses después caí enfermo…

Después de un fin de semana en casa, tocó volver a la escuela. El lunes, con el bolso y la mochila, caminé hasta la parada, subí al cole, legué a la escuela y todo fue normal hasta la mañana del miércoles, cuando amanecí con una tremenda fiebre y vómitos, como si me hubiera intoxicado con algo. Llamaron a mi casa, y con autorización me mandaron el jueves de vuelta al pueblo. Ahí, mi vieja me llevó al médico de la familia, quien (como siempre) me recetó ibuprofeno y mucho reposo porque “tenía paperas” y “ya se me iba a pasar”. Fuimos a otra doctora por las dudas y ésta dijo “No, eso no es paperas, está muy atrás la inflamación” y me pidió algunos análisis y una ecografía en el cuello. Los hicimos, y cuando llegaron los resultados no se pudo saber mucho, no saltaba nada. Recorrí más médicos, uno decía “Es el hígado” otro “es un principio de linfoma” etc. Todos recetaban antibióticos avisando que me iban a dar dolor de cabeza, diarrea y vómitos posiblemente. Ya bastante mal me sentía como para encima tomar algo que me ponga peor. Mientras todo eso pasaba, yo tenía el cuello tan inflamado y la garganta tan cerrada, que lo único que consumía era agua y jugo de naranja. Así estuve un mes.

Después de tanto tiempo, una amiga de mi vieja le sugirió probar con una doctora de Mendoza que la estaba atendiendo a ella e iba a venir al pueblo. Aceptamos y una semana después estábamos en su consulta. Era naturista, es decir, recetaba tratamientos sin fármacos. Probamos. Me vio, preguntó algunas cosas, revisó los análisis y dijo “Esto es una infección. El come tantas porquerías y a deshora que el cuerpo le pasó factura” y yo pensé en facturas con dulce de leche y azúcar impalpable que hace más de un mes no comía…

Empecé ese tratamiento. Me ponía compresas de barro en el cuello para disminuir la inflamación. Tomaba jugos de frutas y verduras con germen de trigo, avena, etc. para que me aporten algo. Era todo un asco, pero me tuve que acostumbrar. Seis meses después, y habiendo renovado las dietas para poder ir incorporando sólidos, comer pan integral, trigo hervido o acelga al vapor, volví a la escuela.

Después de todo este quilombo naturalmente bajé mucho de peso, y mi apariencia era nada que ver a lo que era antes. El primer día en la escuela mis compañeros no podían creer que era yo. Estaban totalmente justificados, había bajado 15kg en cuatro o cinco meses. Yo no estaba muy consciente de eso hasta ese día en que alguien más me lo hizo notar.

La delgadez de mi infancia había vuelto y “sin esfuerzos”, ahora el problema era mantenerla. La diferencia se notaba en todos los sentidos, desde la ropa (me quedaba grande todo) hasta la mermada de burlas que venía viendo. En Ed. Física aguantaba correr alrededor de esa cancha de mierda sin morirme en la primera vuelta, tampoco es que ahora te hacia 15min seguidos, pero me pesaba menos levantar cada pierna y no tenía un pasa que rebote como cuando no te ponés corpiño y las tetas se mueven de arriba a abajo. Algo era algo.

No volví a la residencia por ese año, tenía que seguir alimentándome diferente y la comida ahí, como ya te conté, era una reverenda mierda. Así que viajaba todos los días.

Terminó el año, llegaron las vacaciones, que yo como todo nerd empezaba 2 semanas antes que el resto por no necesitar ningún examen extra. Volvía a tener que hacer cosas en casa, pero esta vez la actitud de mi vieja no era tan severa como años anteriores.

Terminaron las vacaciones, volví a la escuela para hacer segundo año y esta vez como residente de nuevo. Seguía con restricciones alimenticias así que se arregló en el comedor que yo tenga menú aparte. Todas las semanas les caía con un montón de cosas hippies a los de la cocina y se las dejaba. Por supuesto que ellos las preparaban fatal. Sabían como tomar cualquier cosa, cara o barata y sacarle sabor a mierda. Esto hizo que después de cuatro meses, decida mandar a cagar ese estilo de vida sin alfajores y empecé a comer carne otra vez, pan blanco, golosinas. Al poco tiempo algunos compañeros me empezaron a decir que la ropa me estaba quedando ajustada y tal cual, otra vez estaba engordando…

Como me quedaba en la escuela, los comentarios en el momento de la ducha o cuando me cambiaba en la pieza empezaron otra vez como el año anterior. Pero esta vez los chabones eran un toque más abusivos. No aguanté mucho tiempo más y después de las vacaciones de invierno decidí no quedarme más internado. La excusa que le di a mi vieja era que “en la cocina no preparaban el menú como correspondía y me iba a terminar enfermando de nuevo”. Ella se lo creyó y en la segunda mitad del año empecé a viajar todos los días otra vez.

Ya no me molestaban más el día completo, ahora era solo durante el horario de clases y ya. Era más tolerable, pero todos los sobrenombres me taladraban la cabeza y me hacían sentir para el orto. Así que, en un intento por evitar más críticas, ser “el gordito”, el lento en la cancha o el que siempre tenía un alfajor en la mochila, decidí dejar de comer. Cerré la jeta y evité comer cualquier cosa, sea golosina o algo saludable para no engordar. Funcionó, por un tiempo. Mi método era sencillo; para ir a la escuela me tenía que levantar a las 5am, horario que manejaba solo. Nadie se aseguraba en mi casa de que “haya tomado la leche antes de salir”, así saltaba el desayuno fácil. A la hora del almuerzo en la escuela, los días de jornada completa, simplemente no entraba al comedor o si entraba decía “No me gusta la comida” y se la daba a alguno de los cerdos que tenía cerca. Angurrientos sobran siempre en todos lados (Tip de vida). Los días normales llegaba a casa a las dos de la tarde, no era necesario comer porque no había nadie que me vigilara. Se hacía de noche, yo me iba al campo y corría, para sumar ejercicio y asegurarme de que nada me engorde, sino al contrario, adelgazar más todavía. Llegué a un punto en el que me tocaba agarrar una asada en los invernáculos de la escuela o una pala en casa y me mareaba cada dos movimientos. ¿Cómo lo manejé? Comía azúcar, dos o tres cucharadas cada tanto en el día, o limonada casera con bastante azúcar en verano. El resto de lo que ingería era solo agua. Había siempre botellas con agua en la heladera y yo tomaba 3 o 4 durante el día.

Pasó un tiempo así, años creo y se empezó a notar que algo no andaba normal con mi apariencia. ‘ta bien, el pibe está delgado, pero por demás. Se metió mi tía, la hermana de mamá y me pidió que empiece a comer y deje de comportarme así porque a ese paso iba a terminar internado. Le hice leve caso y empecé a comer “normalmente”, al menos unos bocados. De a poco empecé a subir de peso, pero como a mí parecer lo normal era ser muy delgado, el estar recuperando la masa que debería haber tenido siempre era símbolo de gordura. Tantas veces subí y bajé de peso desde pendejo que nunca tuve una imagen correcta de lo que debería ser mi cuerpo y menos hablemos de ropa, te aseguro que todavía tengo algún buzo de cuando tenía 10 años que hoy en día me queda bien. Además, las críticas constantes de todo el mundo y el incremento tremendo de todas esas normas de apariencia que fueron apareciendo a medida que yo crecía empeoraban todo.

Entonces se me ocurrió una idea: delante de quien sea, voy a comer, para que no me molesten y queden contentos. Después esperaba un rato e iba al baño, vomitaba todo y ya está, todos felices. De ahí no salí más…

Al principio pensé que yo lo controlaba, porque solo lo hacía cuando estaba comiendo más de lo debido, pero después, lo usaba como excusa para devorar lo que fuera, “total”, pensaba “después lo vomito y no pasa nada”. Llegué a vomitar cinco veces por día. Me daba hambre, comía una manzana y me quedaba tranquilo. “Listo, la panza ya no me suena y esto no me va a engordar” pensaba, pero después me venían a la mente qué cosas podía comer o armarme y morfar con lo que haya en la casa. Terminaba cocinándome algo para después comerlo, vomitarlo y el ciclo se repetía.

Cuando mi vieja se enteró de eso, hizo un baúl de madera con cerradura y candado, donde ella y mi hermana metían toda la comida para evitar que yo la coma. En menos de dos semanas aprendí a abrir el candado con un tenedor y un invisible, y cuando se dieron cuenta y lo cambiaron ¿Cómo me la ingenié? simplemente sacaba una tabla del baúl, haciendo palanca con un hierro, después sacaba lo que podía con la mano y volvía a poner la tabla de nuevo. Era imperceptible la intervención tanto al baúl como a su contenido, o al menos eso me confirmaba el hecho de que jamás lo notaron, hasta que, el baúl desapareció y la comida también. Todo eso pasó a lo largo de dos años. Yo tenía 15 años y había vuelto a no comer directamente, esta vez no porque no quisiera, sino porque no había nada para comer en casa, o por lo menos no para mí.

Un día se me ocurrió hacer pan. Había encontrado un poco de harina, levadura y sal y habían dejado un pedazo de queso cremoso en la heladera. Hice muchos bollitos rellenos y decidí racionarlos para tenerlos al menos por una semana, pero, una vez hechos se me ocurrió la idea de llevarlos a la escuela y venderlos. Así fue como un día, en un recreo, ofrecí panes rellenos por $2 y $3 dependiendo del tamaño que tenían. Al final de la mañana tenía $74 en el bolsillo. Cuando volví a casa, un poco sorprendido y de paso entusiasmado, fui con esa plata a lo del Mario, la despensa del barrio y compré más harina, levadura y queso. Hice más pan y empecé ese negocio. Más tarde incorporé el jamón al relleno y le di a cada bollo una forma que aparentara un tamaño mayor. Vendía dos veces a la semana, los lunes y jueves y era buen negocio. Me hice buena fama en la escuela, en diez minutos solía vender los treinta y dos panes que llevaba. La ganancia, extra a lo que usaba para comprar más ingredientes y seguir, era para ahorro. Durante toda esa época, comía merengues. Compraba dos paquetes de merengues a la semana para evitar gastar mi plata. De nuevo me mantuve flaco y no me mareaba así que, según yo, estaba todo bien.

En casa las cosas nunca mejoraron y mi vieja en uno de sus intentos por echarme de la casa, dejó de pagar el transporte a la escuela. Así que me lo costeaba yo con mi negocio de los panes, hasta que después de tantas veces que le pregunté al chofer “si podía pagarle mañana” porque no tenía plata suficiente después de comprar mis insumos, me dijo que no me iba a cobrar más y que no me preocupara porque estaba enterado de lo que pasaba y lo entendía.

Llegué al último año de secundaria, todavía flaco y con el mismo estilo de alimentación cuando falleció mi abuela. Fue bastante feo porque ella era mi refugio. Desde mis 14 años las cosas en casa iban de mal en peor y para escapar de ese ambiente solía volverme a Concordia todos los días después de la escuela para estar con ella o con Moni, mi mejor amiga. Mi abuela, a su modo, fue la contención familiar que nunca tuve de chico en casa. A veces, me pedía que la ayude con su huerta sacándole yuyos y trasplantándole plantines para pagarme unos pesos y que yo no me sintiera mal. Ella sabía que la única forma de que no me sintiera culpable por recibir ayuda era que esta sea a cambio de trabajo.

Se fue y extrañamente la familia de unió de a poco.

Seis meses antes de terminar la escuela y teniendo ahorrada un poco de plata para irme a estudiar nos empezamos a “llevar bien” con mamá. Realmente fue una situación rara. No nos conocíamos y habían pasado muchas cosas que facilitaban la incomodidad y tensión con el solo hecho de estar en la misma habitación sin siquiera hablar. De alguna forma decidió que me iba a ayudar cuando me fuera, solo porque a mi hermana la estaba apañando con sus estudios y sentía que era su responsabilidad hacer lo mismo conmigo. La única condición era que dejara de vomitar.

Para ese momento, tenía otras cosas en mente la verdad. Estaba convencido de que fuera de ese pueblo me iban a chupar un huevo las críticas y se iba a normalizar el quilombo que tenía en la cabeza respecto al peso, la apariencia, y demás. En ese momento estaba bien, peso saludable, hacía ejercicio y honestamente no vomitaba hacía mucho tiempo.

Pasaron las vacaciones de verano y en el 2016 llegué a Rosario. Viví el primer año en una pensión de mala muerte y a costa de mis ahorros. Para poder sustentarme y como venía acostumbrado, empecé a vender pan. Esta vez no rellenos, sino de molde. Me iba bastante bien y me alcanzaba para comida, que era el objetivo en sí. Normalicé mi alimentación y todo fue re bien hasta que caí otra vez en la persecución mental de los estereotipos de imagen.

Por alguna razón me veía gordo. No lo estaba. Salía a caminar todos los días por tres horas y hacía ejercicios en la terraza de la pensión por lo menos una hora más. En la pensión, la cocina quedaba un piso por debajo de mi habitación, y tener que bajar con todos los utensilios cada vez, cocinar, comer, lavar, secar y volver a subir con todo se volvía un poco cansador. No se podía dejar mucho en las heladeras porque siempre alguien aprovechaba y sacaba lo ajeno, así que caí en comer cosas ligeras, poco elaboradas o galletitas. Dentro de todo estaba bien, pero el estrés de sentirme criticado por costumbre (no porque acá fuera así realmente), sumado a la presión de la facultad, me hizo caer otra vez en comer y vomitar. Tuve varias recaídas similares, pero nunca llegué a estar tan mal como cuando empecé con eso.

Después de ese año me mudé solo a un departamento, estaba chocho. La cocina era entera para mí, podía tener mi heladera y guardar todas las cosas que quisiera. Fue todo muy copado pero los vómitos no pararon. Cada vez que por alguien me sentía mal, por lo general chabones, me atragantaba con comida por la ansiedad y después la lanzaba. Por supuesto que los episodios eran esporádicos, nada constante. No vivía apesadumbrado por conocer solo pelotudos, aunque nunca conocí a un buen pibe. Pero no me gustaba ir al baño todo el tiempo y hacerlo a pesar de que algo en mi cabeza decía “Tranquilo que está bien, es esta vez y además lo tenés que hacer porque comiste lo que no debías”.

Entendí que era cuestión de voluntad. Hacerle frente a esa idea de que comer y vomitar iba a solucionar algo, pero todavía no gané. Ya voy cuatro años viviendo solo y todavía es una pelea mental. Me volví a mudar hace dos meses y este nuevo departamento ya conoció mi hábito.

Sé que es algo serio y en algunos casos muy grave, pero repito, cada vez es menos frecuente. Imagino que es una cuestión de madurez emocional, porque me pasa solo cuando algún pelotudo me hace sentir mal y trato de calmar esa ansiedad en la comida. No puedo afirmar que lo tengo controlado, porque si así fuera no lo hubiese hecho nunca desde la primera vez, pero tampoco aseguro que a esta altura sea un peligro.

Es algo íntimo, privado y personal, como todas las otras cosas que te conté y están acá. Sé que hay chicos que pasaron por cosas peores y también cayeron en una costumbre horrible como lo es vomitar. Sigo siendo bombardeado por la imagen que debería tener alguien de mi edad, sobre todo por ser puto. “Que hay que ir al gym”, “que hay que hacer deporte”, “que tenés que tener abdominales, una buena pija y una cola donde poder apoyar una copa a lo Kardashian” Pero hoy al menos la apariencia ya dejó de ser un disparador. Estoy bastante consciente y feliz con mi cuerpo y hace mucho que me chupa un huevo la opinión de un ajeno. Estoy seguro de que un día también voy a aprender a controlar el impulso emocional que detona esta ansiedad. Al fin y al cabo, aprender es lo principal en la vida de un estudiante.

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