Conclusiones

Irónicamente, después de invertir horas reprochándome a mí mismo por el ánimo al que me estaba arrastrando la situación con José, esa misma noche, minutos después de hacer clic sobre “publicar entrada”, tuvimos una, según yo, “necesaria” conversación.

Era martes, estaba cayendo estrepitosamente por la empinada pendiente de un barranco existencial que yo mismo me venía cavando, cuando recurrí a la táctica más extrema ante situaciones de igual similitud fatalista: llamar a mamá.

Es conocido que nunca fuimos muy cercanos y no voy a ahondar y redundar en eso ahora, el grano es que luego de plantearle los dos pilares principales que agregaban estrés a mi crisis; trabajo y estudio, empecé a detallarle el que atentaba directamente contra mi ánimo general. Ella, muy pacientemente y comprensible muy a su modo, me escuchó y comenzó a repetirme los tan aprendidos, pero voluntariamente obviados, consejos de toda la vida, aunque siempre que me los propina en una situación así tienen nuevos aires, probablemente por que ahora los veo desde un paradigma sobre el cual los puedo aplicar. “Dejá se hacerte problema por esas cosas, tenés cosas más importantes en las cuales enfocarte”, “Si una persona se va de tu vida es por algo, ya lo comprobaste un montón de veces que cuando te pasa es para bien” o “Estudiá, trabajá, juntáte con tus amigos y con la familia que te armaste ahí durante estos años, esa gente que te da la contención que necesitás. Dejá de invertirle tiempo a una persona que no lo valora” y de los mejores “A vos, a tu hermana y a mí nos pasa siempre lo mismo. Los tres estuvimos sometidos a un hombre maltratador psicológico muchos años y no conocemos otra forma de relacionarnos, por eso siempre caemos con gente igual, porque creemos que ese es el tipo de clic que hacemos con alguien, y no es así”.

Cosas que he escuchado desde que tengo memoria y nunca medité en el contexto adecuado, hasta que me fui a vivir solo y empecé a ver lo que son las relaciones reales con personas reales.

La llamada duró tres horas, lo usual, y como siempre en estos casos concluyó con un “¿Cuándo termine de rendir, querés venir unos días a estar conmigo?” de mi parte. Después de recibir una respuesta afirmativa del otro lado, besos, abrazos y un incipiente nuevo término en nuestras despedidas: “te quiero mucho”, corté la llamada y me dispuse, ligeramente más relajado, a volver a mis faenas acostumbradas. Por un rato al menos, ya era tarde y estaba mas cerca de la almohada que de los apuntes.

Le eché una ojeada al celular, antes de dejarlo en el estante del fondo del living para evitar distracciones, y vi mensajes de José. Si, semana y media después de no emitir señales virtuales de vida, me pedía que lo ayude con el Office Word en su computadora. Siguiendo el consejo de mamá “Tratálo como a una persona más. Si no son pareja y ya no están funcionando como chongos, dejá de idealizar un futuro con alguien que no te trae paz”. Le dije que sí, y subí la escalera a su casa.

Estaba sentado con un pucho y una cerveza, la PC al frente y el programa inhabilitado por falta de licencia. Yo, sumamente letrado en creackeado de software, bueno, limitado a Spotify, Photoshop y Office, me senté y empecé a revisar cuáles eran las posibilidades de que funcione el asunto en su computadora.

Empecé desinstalando todas las mierdas y programas publicitarios basuras que metió en sus incultos intentos por solucionar el problema solo. Esto, debido a que su máquina le vino en una caja de cereales, llevó tanto tiempo como el que toma sacarle las semillas a una frutilla. Maquina lenta, más mi paciencia parcialmente ilimitada, hacían una ecuación sostenible, por los primeros diez minutos. En mi mente saltaban bajo las ganas de conversar, porque la primera descarga en la entrada anterior y las tres horas de contención mamera me habían mermado los impulsos, pero no estaba erradicados completamente.

José estaba sentado al lado mío, así que en ocasiones me giraba solamente para verle la cara, como si a través de una mirada pudiera descifrar la indiferencia que arrastraba hace ya casi dos meses. Abrí la boca y le pregunté si podíamos conversar. Sin titubear y con una respuesta rotunda me dijo que no.

Remitiéndome al reciente vistazo de haberlo visto en Grindr, durante los cuatro minutos que duró la App en mi teléfono, le pregunté “¿Qué tal te va en Tinder?”. Fue con mucha bronca y casi queriendo golpear algo que escupí esa interrogante. Al instante me sonó infantil mi planteamiento hasta que vi su reacción. Cara de letal sorpresa, como si hubiera descubierto un secreto que yo no tenía que saber, después resignación al hecho de que conozca ese “secreto” develado y póker face tardía.

Me giré hacia la pantalla y seguí viendo como la barra de desinstalación no se movía. El se levantó y fue al baño. Volvió a su lugar y otro impulso, como si el primer intento hubiera desencadenado una reacción exponencialmente creciente, me hizo decirle “Quiero conversar porque tus actitudes me afectan anímicamente”. En un intento por enternecer su atontada percepción debido a la cerveza y su facilidad de perderse entre las burbujas, involucré sentimientos. A ver si de esa forma despertaba empatía en este psicópata social. Para mi sorpresa, sí. Me ofreció una cerveza, la cual acepté y me permitió, cual celebrity con agenda al tope, hacerle las preguntas que quisiera en ese momento.

Primero quise saber por qué tenía actitudes tan distantes conmigo, siendo que un mes atrás se había ido a su casa directamente desde mi cama. Me aclaró que era una cuestión no conversable, simplemente una acumulación de situaciones que el atesoró hasta ese punto en el que explotaron en su vida y que no me podía decir nada al respecto hasta que él mismo lo procese a su modo y supere (o no). Lo entendí como una gran introspección, cosa que yo hacia antes, hasta notar que liberarlo (antes solo con amigos, hoy también acá en el blog) me ayudaba más que guardármelo para mi mismo. Por supuesto que no lo cuestioné con su forma de afrontarlo. Cada cual haya el método más conveniente. El con treinta años de vida sigue sin evolucionar sus herramientas emocionales, y con veintiuno ya experimenté varias. Es generacional, seguramente.

Enfoqué superficialmente la cosa hacia mí, preguntándole si yo tenía algo que ver con eso o simplemente la estaba ligando por conocerlo y ser vecinos. Me aclaró que yo estaba libre de pecado y culpa y que sí, efectivamente lo tenía que padecer por conocerlo, ser su vecino y mantener este extraño estilo de relación de amigos/chongos/vecinos.

Acertada o erróneamente le dije que mi insistencia a conversar se debía más a mi creciente molestia emocional con la situación. Me estaba haciendo mal. El reconoció con sus propias palabras que sí, entendía lo raro y chocante de estar viéndonos todos los días un rato a cortar todo tipo de relacionamiento amistoso, pero que no podía hacer nada hasta que pase su “situación”.

Tratando de hablar por él, o ayudarlo a expresarse, porque indudablemente tiene una inmadurez emocional enorme, le comenté cuál había sido mi teoría de su cambio de actitud; “nos veníamos viendo todos los días, tomábamos cerveza o mate, jugábamos al yenga o con plastilina, mirábamos películas y compartíamos momentos entretenidos juntos. Llego tu día de examen, fuiste a rendir y saliste mal. Cenaste y dormiste en casa esa noche, se te escapó el “Te quiero” espontáneo que todavía me resuena en la memoria. Al día siguiente te fuiste a tu casa a pasar las fiestas y durante ese tiempo trataste de librarte de ese sentimiento que manifestaste involuntariamente y que al parecer te da miedo desarrollarme. Entendiendo que tu familia no sabe que sos bisexual y tenés la capacidad de enamorarte de un chico, es aceptable que te de miedo la posible falta de comprensión que recibas y por eso hoy estas tratando de eliminar todo lo que te llevó a sentirte tan cómodo, confiado y tranquilo conmigo como para decirme “te quiero””. José lo negó con un dudoso ademán con la cabeza y procedí con mi declaración; “Yo sí te desarrollé cariño, incluso un tiempo antes de que a vos se te ocurriera manifestarlo, pero no te lo exterioricé para que no te asustaras. Sé que la gente de tu tipo tiene miedo al compromiso, así que me lo reservé y te lo decía de otras maneras; con detalles. Cuando te vi en Grindr y me dolió me di cuenta de que además de cariño también estoy enganchado y es algo que no planee ni tenía pensado que pase, pero se dio por todos los momentos que tuvimos desde que nos conocimos. No me molesta y yo tendré que aprender a manejarlo”. Tuvimos un ligero debate sobre el tipo de cariño que yo sentía y el que él defendía sentir. El mío es un cariño romántico y el suyo alegaba ser igual al que otros amigos le despertaban “solo que conmigo cogía”. Ok.

Volví a la computadora, que todavía se mantenía con la barra sin avanzar y de pronto exclamó: “Así que vos también estas en Grindr”. “No, lo bajé hoy cuando te vi eliminé mi perfil casi por reflejo. No es mi método para conocer gente, no tengo suerte ahí con el tipo de chico que me interesa”. Él me contó que tampoco le parecía muy guau el catálogo, a pesar de que le escribieran algunos pibes. Me empezó a mostrar superficialmente algunos chats, y cuando pretendí ver realmente lo que me mostraba, reculó como si estuviera ocultando algo. Aquí entre nos, no es algo que me interese en lo particular, fue él quien sin motivo aparente empezó a mostrarme sus hazañas en la App. Pasó ese momento extrañamente incómodo y proseguí con lo que yo fui a hacer.

José fue al baño por tercera vez y al volver apoyó su boca contra la mía, casi rozando imperceptiblemente nuestros labios. Fue el tipo de beso que te hace sentir una onda irregular esparcirse por todo el cuerpo y termina en un deseo irrefrenable de entrelazarse fogosamente. Esta vez el impulso no llegó hasta su umbral porque mi mente hizo que yo dijera “Es un chiste ¿no?”. José respondió, después de unos segundos, “sí, es un chiste”. Claro que de su parte no lo era, si estaba mas borracho y caliente que los vagabundos de mi pueblo, pero como la conversación tan colorida anterior me tenía con un revoltijo de emociones importantes, me hizo dudar de la realidad de sus intenciones. Le acababa de decir que me hacía mal su actitud, que lo vi en Grindr y me afectó, etc. y viene a besarme. Nah, calmáte enano. Estas derrapando peor que yo con alpargatas sobre baldosas mojadas.

“¿Tenés otra pregunta para hacerme?” suscitó. “No, lo más importante creo que ya lo mencioné, si se me ocurre algo más te digo” respondí.

De vuelta a la máquina, y después de casi tres horas, pude terminar de sacar todo lo innecesario. Ya era tarde, yo tenía sueño y ganas de irme a dormir y José ya no estaba en un estado en donde uno sienta que está hablando con un humano, sinó más bien con una babosa boluda.

Se fue otra vez al baño, yo di el último sorbo a mi lata. José salió del baño y se metió a la habitación. En lo que dejaba la PC lista para terminar al día siguiente, escucho que el chico había tirado algo importante, por el ruido. Medité si acercarme o no, y terminé yendo. Había volteado una caja de apuntes. Papeles por todos lados que acomodamos en conjunto otra vez en su lugar. Él intentó devolver la caja a su lugar, sobre el placard, y naturalmente debido a su altura y falta de coordinación, no llegaba. La acomodé yo. José se me acercó, me empezó a besar, me empujó contra la cama y caí como haciendo un salto del tigre invertido. Garchamos como si nunca hubiera pasado nada, ni conversación, ni actitudes diferidas ni ningún tipo de anomalía en la relación, todo como siempre había sido. Al terminar, volvió todo a la normalidad. Él otra vez forro, yo de nuevo confundido.

Me fui a mi casa despidiéndome con un “Mañana vuelvo y lo hago”.

Al día siguiente, un miércoles, para culminar con mi rehabilitación anímica, fui a remar con quien yo considero mi tío postizo acá. Mi mástil en cuestiones sentimentales, a quien recurro por los más objetivos y sinceros consejos. Le conté todo mas o menos obviando detalles que el ya conocía y recibí un análisis crudo de mi situación. Me vino bien, quería eso, si no, no le hubiera pedido distracción y consejo.

Estando en la isla esa misma tarde, José me escribió diciendo que iba a necesitar mi ayuda de nuevo. Como estaba afuera, naturalmente, quedamos que a mi vuelta veíamos el problema.

El sol empezó a caer y de la arena nos despedimos. Cargamos las cosas al kayak y remamos devuelta a la ciudad donde nos cargamos de problemas. Si no es así ¿qué vamos a liberar en el río después? ¿no? Ése es el equilibrio urbano.

Llegué a casa y me duché. Casi inmediatamente cayeron mensajes de José preguntándome si ya estaba en casa. Su manera “sutil” de pedirme que termine lo que empecé en su PC la noche anterior. Y resalto <<sutil>> porque el chico tiene cámaras por todo el pasillo, (una apuntando directamente a mi puerta) que ve. Además de notar si enciendo una luz en mi casa, por lo cual es obvio que sabe si llego o me voy.

Subí, él estaba haciéndose asado, me senté en la PC y empecé con lo mío. De nuevo estaba tomando cerveza, fumando y con la actitud más forra posible. Después de dos horas y media con su computadora a pedal, llegué a poder darle treinta días de licencia en Word, veintinueve más de los que él necesitaba. Con el pacto verbal de volver el 21 de marzo a activarle definitivamente el programa, no escuché ningún “Gracias” y bajé a casa. Me hice una pizza, cené y dormí.

Al día siguiente la rutina siguió como siempre, solo que esta vez ya no me sentía cayendo estrepitosamente por un barranco existencial, sinó que pude ver el vaso de agua en donde me ahogaba. Me hicieron notar que ni siquiera necesitaba saber nadar, porque doy pie.

Hoy nada cambió con José desde ese segundo round como “analista de sistemas”. Pasó un examen final mío en el que salí mal, pero naturalmente no dormí con él para reconfortarme. Me sobró cuando se lo pedí. Ahí fue cuando decidí, al igual que me ha pasado con cada pelotudo que conocí, dejar de rogar y dar -ofrendas- término acuñado por mi tío postizo para referirse a los postres y comidas que suelo regalar para simpatizar.

Hoy sigo involucrado sentimentalmente, pero cada vez me hago menos la cabeza. Ya pasé la etapa del enojo (por su falta de empatía) que le suele seguir a la primera, que es la etapa de negación, y empecé a transitar por la zona en donde merman mis escenarios imaginarios entre los dos.

Hoy me pidió el martillo y el destornillador suyos que estaba en mi casa y se llevó además la planta de marihuana que me había regalado para que pruebe. No llegué ni a cosecharla que se presentó la oportunidad de probarla con un amigo. Mis experiencias con drogas son de una sola vez, así que la planta ya no me generaba ningún interés, por eso se la devolví.

Hoy decidí escribir esto, porque quería darle un cierre a la situación que empecé contándote en la entrada anterior. Esta vez no realicé correcciones, así que, si viste un error, es por eso. Es la catarsis más pura en los años que llevo escribiendo. Como siempre, esto es mi vida, la vida de un estudiante.

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