ようこそ

Tocaron la puerta, es la voz del pasado;

los problemas que he vivido,

las adversidades que he superado,

el llanto y la sonrisa en el olvido,

una imagen de una niña regordeta,

Y una sonrisa coqueta.

Los sueños de ese entonces,

Son metas del ahora;

sonrió aspirando llegar a la luna,

suspiró imaginando el espacio,

se asombró observando las estrellas.

Tocaron la puerta, es la voz del presente;

los problemas que vivo,

las lágrimas que derramo,

mi mirada en un espejo oxidado;

tomó su piel entre sus manos,

viviendo por un número ansiado,

Y un cuerpo entre miles estereotipados.

Las aspiraciones del ahora,

Una vida por vivir,

El reloj cuenta las horas,

sollozando por su cuerpo,

Y captura el momento,

En tristes fotografías de sus huesos.

Tocaron la puerta, es la voz del futuro,

los problemas que no llegaron,

Las sonrisas que se perdieron,

Metas y sueños,

En una imagen a blanco y negro.

La oscuridad grita mi nombre,

La enfermedad reclama mi cuerpo,

Ignoro los gritos del resto,

Perfección en mi mente,

Engaño en mis ojos,

La confianza se pierde en un recuerdo.

Miradas preocupadas,

Susurros escondidos,

Alertas que no escucho,

Boca cerrada sin arrepentimientos.

Giro en una esquina,

Encuentro la muerte,

Descanso en mi sufrimiento,

Me pierdo por el momento. 

(30/10/2014)

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En el silencio de la noche, que es todo menos apacible y silente; me ahogó en la inmensidad de aquello que está por venir. Me aterra no comprender de qué se trata o para qué me acecha, por qué yo y no los cientos, miles, millones de personas más que habitan el planeta.

Porque en el silencio solo estoy yo, pero puedo escucharlos a ellos. En el ronroneo de algunos motores y el rugido de otros que se lanzan en una apresurada y mortal carrera por las calles en medio de la oscuridad; en la música estruendosa que no enmudece hasta que los primeros rayos del amanecer entran al acto, y en algunas ocasiones, continúa fervientemente estimulando a los embriagados sin consciencia; en los estruendosos motores de las aves metálicas que cruzan el cielo en un destino desconocido; en los murmullos de los habitantes nocturnos que vagan por las sombras en los que aparentan ser inhóspitos y peligrosos callejones, a rebosar de basuras y olores nauseabundos por el descuido.

Un descuido mío y tuyo.


Porque en el silencio solo estoy yo, pero puedo verlos a ellos. En la capa constante que se aferra al horizonte e impide vislumbrar las estrellas en la distancia, la contaminación de un resplandor inaplacable que no muere ni siquiera cuando la luna sale. En el humo que asciende hasta el cielo, como si quisiera besarle con suavidad y ternura, pero ataviado con prendas de engaño oculta su toxicidad nociva, la cual inhalamos día a día. En la precipitación veloz y agobiante de una realidad inexistente en la virtualidad mientras el mundo se cae a nuestros pies, fragmentándose ante nuestros ojos ciegos y oídos sordos.

Porque creemos tener a los astros bajo nuestro mando, aunque las manos que sostienen el timón de nuestro rumbo están corrompidas y manchadas bajo actos malévolos e individualistas. Mucho más se manifiesta en el silencio nocturno, cuando cada quién puede bajarse por un instante de un tren que viaja a una velocidad vertiginosa y se es libre de reflexionar sobre cuándo, cómo, dónde, por qué y para qué.

Aunque en el día solo sea uno más obrando en las calderas que mantienen el tren en movimiento, ajeno a todo, dando todo por olvidado y obviándolo por elección.

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